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Homenaje 60 años de revolución de 1952

Julio Veizaga Ovando
josvesol@hotmail.com

 

La Revolución de 1952 no tiene parangón en la historia política boliviana. Se destaca en el siglo XX con sus luces y sombras después de la Revolución Mexicana de 1914 y precedió casi en una década a la cubana. La historia contemporánea presenta un antes y después del 9 de abril de 1952.

El Nacionalismo Revolucionario (NR) se tornó en un eje dominante desde la década del 30 del siglo anterior hasta nuestros días, con distintos matices e intensidades. Según Luis H. Antezana J., de una manera general, los procesos ideológicos bolivianos (1935-1979) convergen en torno a un eje dominante: el “nacionalismo revolucionario” (NR) que cristalizó en 1952; aunque sus orígenes se remontan a los años inmediatamente anteriores a la guerra del Chaco (1932 -1935).

Todos bebieron del nacionalismo revolucionario después del 52, civiles y militares con sus rasgos propios y peculiaridades.

La Convención de 1938 marca una diferencia cualitativa con relación a los legisladores inscritos en el liberalismo de la Constitución de 1880, cuya ciclo concluyó con la aprobación de la nueva Constitución impregnada por el “constitucionalismo social”.

Sin duda alguna, la guerra del Chaco de 1932 -1935 constituye el preludio de la creciente conciencia nacional sobre su devenir histórico y los cambios estructurales.

Walter Guevara Arze, en un debate apasionado por el problema de la tierra y del indio en la Convención de 1938 –decía– entre otras cosas:

“Si Bolivia tiene vitalidad – decía– Walter Guevara con una interpretación marxista de la realidad– vendrá la revolución; si no la tiene sobrevendrá la pasividad y como consecuencia la polonización de Bolivia, porque un país que no tiene vitalidad suficiente para resolver sus problemas, está expuesto a desaparecer. Estamos ante un dilema –agrega– si hoy no hacemos esta revolución pacífica, mañana vendrá la revolución violenta, que consiga esto mismo a costa de mucha sangre; si no viene la revolución desaparecerá la nacionalidad”.

La superestructura dominante del Estado oligárquico impidió el desarrollo dialéctico de las reformas constitucionales y la configuración del nuevo escenario político, vital y vigoroso para superar los resabios del liberalismo agonizante.

“La revolución es lo que ha de venir bien a todos. Es como el viejo cóndor de los altos cerros con su penacho blanco, que nos va a cobijar con sus poderosas alas. Tenemos pechos de bronce, pero no sabemos nada”, presagiaba Chipana Ramos, el primer presidente del Congreso Indígena de 1946. Según el prólogo de: Revoluciones del siglo XX en homenaje a los 50 años de la Revolución Boliviana, Chipana parecía decirnos que sin memoria no hay historia. También sugiere reconocer la fortaleza del trabajo del pueblo y su valentía para enfrentar un futuro abierto e incierto, porque se asume la posesión de “pechos de bronce”, pero también la ignorancia frente a un mundo que se abre, se desconoce y al cual hay que enfrentar. Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y Gianfranco Paquino en su Diccionario de la Política explican que la doctrina marxista ortodoxa destaca que la Revolución es el motor de la historia que apresura la caída del viejo orden social y favorece el advenimiento del nuevo que permite el pasaje del poder de manos de una clase a otra hasta que llegue a manos del proletariado (1991:1412).

La revolución es la tentativa acompañada del uso de la violencia de derribar a las autoridades existentes y de sustituirlas con el fin de efectuar profundos cambios en las relaciones políticas, en el ordenamiento jurídico constitucional y en la esfera socio-económica. Norberto Bobbio explica las diferencias entre revolución, rebelión y golpe de Estado. La revolución se distingue de la rebelión o revuelta – dice–, pues esta última está generalmente limitada a un área geográfica circunscrita, carece en general de motivaciones ideológicas, no propugna una subversión total del orden constituido sino un retorno a los principios originarios que regulaban las relaciones autoridades políticas – ciudadanos, y apunta a una satisfacción inmediata de reivindicaciones políticas y económicas.

La rebelión puede por tanto ser aplacada tanto con la sustitución de algunas personalidades políticas como por medio de concesiones económicas. La revolución se distingue del golpe de estado porque éste se configura solamente con la tentativa de sustituir las autoridades políticas existentes en el interior del marco institucional, sin cambiar en nada o casi nada mecanismos políticos o socioeconómicos.

Además, mientras que la rebelión o revuelta es esencialmente un movimiento popular, el golpe de estado se caracteriza por ser efectuado por pocos hombres que forman parte de la élite y es, por lo tanto, producido esencialmente en la cúspide. EL TUNARI en la presente edición incluye una mirada acerca de la Revolución del 52, con el objetivo de rendir homenaje a los 60 años.

Fragmentos de la revolución de 1952

 

Paz Estenssoro pensaba en el

Nacionalismo Revolucionario

como en algo dotado de un

jefe para siempre y que debía

existir y mandar en la forma

en que había existido siempre,

aunque aceptando a todos los

que había pasado por ahí.

René Zabaleta

 

 

 

El 9 de abril de 1952

En la ponencia de Guillermo Bedregal Gutiérrez bajo el título de: Ideología y práctica histórica de la Revolución Nacional, en ocasión de la Conferencia Internacional: Revoluciones del siglo XX en homenaje a los 50 años de la Revolución Boliviana, dice lo siguiente: El 9 de abril de 1952 es una fecha determinante en la historia de Bolivia, proyectada hacia la modernidad.

Se trata de la única revolución verdadera del siglo 20, sólo comparable en nuestra historia republicana con la Revolución de la Independencia contra el colonialismo español.

Es la culminación de un proceso psicológico y político que nace y adquiere conciencia en las masas bolivianas a partir de la Guerra del Chaco. El fermento de la protesta adquiere perfiles incontenibles cuando el escenario revolucionario conjuga una conducta unitaria y puntual, con una organización de masas inédita en la historia de Bolivia. Se trata de la dialéctica masa –vanguardia política, condiciones subjetivas (la protesta frente al escamoteo de la victoria electoral y las condiciones objetivas de un poder militar erosionado por la disputa interna que perfila la decadencia del sistema.

Siles Zuazo organizó un pequeño comando revolucionario encargado de la conducción superior del MNR. Se trata de una estructura secreta y exclusiva en el conocimiento de los detalles de la conjura revolucionaria.

El proyecto se orientó hacia dos vertientes:

• Lograr la escisión de la Junta Militar y particularmente del Cuerpo Nacional de Carabineros (hoy Policía Nacional).

• Comprometer al Ministro de Gobierno (general Antonio Seleme y al Comando o Jefatura de Estado Mayor del Ejército (Gral. Humberto Torres Ortiz) para ejecutar un clásico golpe de Estado de tipo castrense al cual apoyaría el MNR, con el compromiso militar de convocar de inmediato a elecciones generales.

Siles Zuazo confiaba en que esa acción –similar a la de Villarroel en 1943– determinaría el cambio del general Ballivián y la conformación de un gobierno civil-militar, el cual, convocaría de inmediato a nuevas elecciones generales, con el objeto de abrir la participación civil. HSZ invitó a integrarse en el proyecto a FSB, partido de Oscar Únzaga de la Vega.   (…) La noche del 8 de abril se decidió proceder al golpe militar civil de inmediato, ante la certidumbre de que el día señalado (12 de abril) podía ser demasiado tarde, ya que Ballivián había decidido un cambio profundo en el consejo de ministros para después de la Semana Santa.

Los minutos contaban en un ritmo cada vez más acelerado. Siles ordenó la concentración del partido en sitios estratégicos señalados. Allí se entregarían las armas y municiones necesarias por parte de la Policía.   La lucha se inició con gran intensidad en Miraflores, al mando de Lechín y grupos aún escasos de combatientes obreros. Con la llegada de la noche, la lucha callejera se atenuó hasta cesar totalmente, lo cual permitió a los bandos en pugna atender a heridos, recoger cadáveres y darse un breve reposo.

Al amanecer del 10 de abril explosionó nuevamente con el trepidar de las armas. Algún dirigente (Augusto Cuadros Sánchez) había logrado neutralizar la participación de la aviación, la cual se comprometió a no combatir ni a favor ni en contra de la Revolución.

En Oruro, cuyo comando revolucionario estaba en manos de Manuel Barrau Peláez, la lucha armada era similar a la paceña. Los mineros de San José y los comandos del MNR tomaron la ciudad en sus puntos estratégicos y finalmente liquidaron la desmoralizada resistencia militar en un combate final.

El 10 de abril fue un día de lucha confusa y sangrienta. El 11 de abril, Siles y su comando firmaron el actas de Laja, declarando cese definitivo de hostilidades, organización de la Junta de Gobierno sólo con elementos del MNR y convocatoria a elecciones en breve plazo.

 

 

La revolución democrática de 1952 y las tendencias sociológicas emergentes

 

En una ponencia presentada al XI Congreso Latinoamericano de Sociología, realizado en la ciudad de San José, Costa Rica (1974), René Zabaleta Mercado analizó diversos aspectos de la Revolución Nacional. EL TUNARI incluye solo una parte de su disertación, por razones de espacio para sus lectores.

La Matriz Del 52

Tomamos como punto de referencia la crisis nacional general que se produce en Bolivia en torno a la insurrección popular del 9 de abril de 1952. En este momento se reconstituyen las clases, cada una de ellas según el carácter de su necesidad, se reformula la totalidad del poder del país y se lo concentra en una medida que no tiene antecedentes en toda la vida republicana. Se está entonces ante una página en blanco.

Como no hay ejército, por ejemplo, se puede decidir si debe existir uno o no y cuál es la forma que debe adoptar. Pues las influencias regionales clásicas no pesan en el nuevo poder, se puede resolver dónde se intensifican los esfuerzos de inversión para el desarrollo de la economía, etc.

Configura todo ello un momento de disponibilidad general, pero ello condicionado por dos aspectos o núcleos de atención en el análisis, que no pueden ser borrados: primero, que la propia dispersión o aniquilación o esfuminación del bloque previo de poder, que es algo distinto de un mero desplazamiento o ampliación no implica por fuerza la sustitución del tipo de Estado existente o sea que la continuidad de un mismo proceso capitalista puede contener varias revoluciones burguesas y no una sola o sea que una nueva clase burguesa destruye y sustituye a la otra, con lo que se cumple el requisito de carácter revolucionario, que está además confirmado por su tipo de alianzas, lo cual es posible, por otra parte, debido a la modalidad regresiva del bloque anterior, que impide la unificación de la burguesía en el seno del Estado (1); segundo, que el tipo de pugnacidad que se instala en el seno de la revolución burguesa triunfante, no solamente entre las clases del pacto revolucionario sino aun en su extensión hacia las contradicciones dentro del núcleo, que no tarda en hacerse monopólico del nuevo aparato estatal, germen de la burocracia, resultan decisivas para señalar la manera de todo el desarrollo ulterior del proceso.

En todo caso, con lo que esto tiene de necesariamente provisional, es por estas razones que estudiar las actuales tendencias sociológicas que se dan en Bolivia es algo que debe hacerse a partir de ese momento.

La desigualdad básica del desarrollo ideológico es algo que conviene tener en cuenta. Aunque el horizonte de visibilidad está dado por el 52, sin embargo lo que allá no aparecía sino como un matiz, puede verse ya en forma, es decir, cuerpo bien delineado, en 1974, así como lo que pudiera parecer una adquisición invulnerable de ese momento, la libertad de las clases en el seno del Estado democrático, por ejemplo, puede extinguirse y hasta la propia clase, a la vez que acumular sus formas de conciencia, puede recordar un momento de su atraso, etc.

Se requiere pues una estimación sintética o estructural del proceso, que no puede servir a secas a la línea de la sucesión cronológica y que en cambio ha de optar por el aislamiento de coyunturas para la obtención de categorías de desarrollo.

El Estado Del 52

El Estado burgués se constituye entonces antes que la burguesía; pero hay que distinguir entre la necesaria dependencia relativa de la fase de la clase obrera respecto de la fase del Estado burgués y la falacia que supone que el desarrollo del proletariado corresponde al desarrollo de la burguesía.

Con ese recaudo, distinguimos cuatro fases dentro del ciclo del MNR o si se quiere del Estado del 52, que es el estamos viviendo todavía. a) Fase hegemónica de las masas. Aquí el proletariado es la clase dirigente del proceso democrático burgués.

El aparato represivo es el pueblo en armas; el ejército ha sido disuelto en la batalla del 9 de abril. La oligarquía es reprimida en cuanto clase y la represión en gran medida está en manos de las propias masas.

El proletariado, aunque no ha asumido todavía el carácter de clase para sí, impone o ejecuta por sí mismo el carácter radical de las medidas adoptadas en cuanto a la nacionalización de los capitales extranjeros en la minería y la revolución agraria. Es la clase obrera la que arma a las demás clases del pacto democrático y la que las organiza.

La organización de las masas es la principal adquisición democrática de este período. b) Fase semi-bonapartista del poder. Este el momento que mejor se aproxima al modelo estatal concebido en el proyecto del MNR.

Aunque fue pensado como un estatuto de largo plazo, a la manera del sistema mexicano, no obstante la autonomía relativa del Estado emerge aquí como un cruce ocasional o forma de tránsito: una correlación de modos de producción en el flujo y la propia articulación atrasada de un modo de producción con el otro, ofrecen una base impropia para la práctica real de la independencia relativa, inmediatamente circunstancia, se expresa en la aparición del su-fenómenos de la mediación.

La burocracia lechinista actúa como mediación con relación a una clase obrera en situación de reflujo, los caciques se han convertido en intermediarios con el campesinado, que domina el territorio y el propio Ovando, que es el agente de la reorganización del ejército y por consiguiente el jefe titular de la burocracia estatal militar, es un mediador con relación al ejército.

Se negocia ya con el imperialismo aunque todavía desde una posición de cierta fuerza y autodecisión que se basan en las masas (15). c) Fase militar-campesina. Aquí es ya importante el desdoblamiento en el seno de la burocracia. Como la autonomía relativa es un paso cualitativo o ascenso de la unidad de la burguesía, allá donde no existe la unificación estatal de la burguesía, que es impensable aquí porque la burguesía no existe ante sí, no está sino en el arranque de su acumulación misma, tampoco hay unidad de la burocracia estatal.

En todo caso, la burocracia que surge como soporte del nuevo Estado en la suma de sus órganos, se alía con el sector más atrasado, satisfecho y estático de las masas, bajo la dominación directa del imperialismo. (…) Los mecanismos de mediación sobreviven todavía pero no el concepto mismo de mediación que está siendo rápidamente sustituido por el de control estatal. La ruptura política entre la burocracia civil y el proletariado minero, que queda momentáneamente aislada, es montada por la inteligencia imperialista y facilita la emergencia de estas fases conservadoras del nuevo aparato (16). d) Fase militar- burguesa.

La burguesía ya se ha reconstituido como clase, es decir, se ha constituido como clase política en su nueva extensión, y la derecha militar se ha enlazado con ella.

La mediatización en el campo es en ciertos sectores lo suficientemente estable como para que se abandone el pacto militar-campesino o los sectores campesinos que se rebelan como resultado del nacimiento de nuevos apetitos democráticos siguen la misma suerte que la clase obrera o sea que se ejerce una dictadura frontal sobre la clase obrera y sobre todo los sectores que sigan a su descontento. Todos los sectores propiamente estatalistas han sido desplazados.

 

 

 

La disolución hegemónica del 52

 

René Zabaleta Mercado en su reflexión: Las Masas en noviembre, explica la disolución hegemónica del 52

Vamos a ver qué significaba ello en términos propiamente estatales. La integración espacial, de un modo explicable en los que habían vuelto de la guerra del Chaco, precedía como postulación aún en la propia integración democrática, pero ambas no eran sino episodios de la formación de la nación.

Es en ese sentido que Montenegro reprochaba a los que “se sienten clase en vez de sentirse nación”. En eso al menos el MNR tuvo éxito sin dudas; jamás el Estado boliviano fue tan universal en este territorio y sobre esta población. La integración del Oriente y la inclusión de los campesinos en la política son rostros de este plan; la consistencia que había adquirido el tramado estatal se demostró en su impenetrabilidad respecto a la guerrilla del Che Guevara, entre otros ejemplos.

Con todo, una hegemonía nunca existe de una vez para siempre. Mientas en el 52 el MNR, es decir, el Estado del 52, no necesitaba esforzarse para alcanzar su hegemonía a todo el país (con excepción de minorías inescrutables) ahora era una hegemonía, la del nacionalismo revolucionario, con una larga historia. Esto significa que las hegemonías envejecen y ésta tendía en lo particular a hacerlo porque se trataba de una historia nacional de ciclo corto.

La decadencia hegemónica del Nacionalismo Revolucionario surgió esta vez también como un cierto deslizamiento de la validez del Estado del 52 en cuanto a su ámbito territorial y su acervo humano. La pequeña burguesía se hizo más nacionalista revolucionaria cuando la clase obrera dejó de serlo, al menor en sus sentimientos o sea en sus razonamientos aún no organizados. (…) Dentro de los propios órdenes de integración de lo que fue el bloque dominante (del nacionalismo revolucionario) en su ápice, ¿no es cierto que, no obstante que el nacionalismo revolucionario como ideología captaba todavía a la mayoría ancha del electorado, Siles Zuazo y el propio MIR como expletorio contenía la escisión con relación a esa ideología dominante? Porque aquí debemos distinguir las escalas.

Paz Estenssoro pensaba en el Nacionalismo Revolucionario como en algo dotado de un jefe para siempre y que debía existir y mandar en la forma en que había existido siempre, aunque aceptando a todos los que había pasado por ahí.

Puesto a veces el acierto viene de la dificultad, Siles, en su rivalidad mortal con Paz, captó de inmediato que la lucha política atravesaba al propio Nacionalismo Revolucionario, lo cual no sabía Lechín desde hacía muchos años por instinto corporativo. Siles entonces viola una regla de la hegemonía como totalización, porque piensa en el triunfo del Nacionalismo Revolucionario a través de la alianza con los sectores que no eran nacionalistas revolucionarios. Siles, por tanto suponía que el nacionalismo revolucionario debía dividirse de un modo un tanto moral y formular un nuevo bloque en el que tuviera superioridad, pero no monopolio.

Guevara parecía inclinarse a la transformación del Estado del 52 en un Estado de Derecho y en todo caso presumía que las cosas no habían estado bien pensadas. EL MIR a su turno, creía en el nacionalismo revolucionario, pero postulaba de hecho que su salida consistía en el advenimiento de una nueva clase política para administrarlo o sea que el MIR creía en el MIR, pero dentro del Estado del 52.

En lo que es importante para nosotros, la división principista (esto es decir en realidad demasiado) dentro del nacionalismo revolucionario contenía nada menos que la propia división del Estado del 52. Tampoco debe descuidarse al hablar de esto del doble significado de entidades como el Partido Socialista y el MIR: por un lado, sin duda, divisiones progresistas dentro de la ideología democrática; del otro, blood and flesh, divisiones irretractables de la propia clase dominante tradicional, como una certificación de que para vivir debía hablar el lenguaje (menos el lenguaje) de los que no estaban en ella. Cada fin de raza tiene sus propias argucias.

Las cartas estaban mostrando, en todo caso, la decadencia a la vez inconcusa y sin atenuantes de la eficacia factual del Estado del 52.

En lo que es

importante para nosotros,

la división principista

(esto es decir en realidad

demasiado) dentro del

nacionalismo revolucionario

contenía nada menos que

la propia división del

Estado del 52.

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