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La poética de Tamayo

Adolfo cáceres romero

 

Para muchos, la obra poética de Tamayo es desconcertante, porque no siempre pueden entenderla. Indudablemente se trata del más exigente de los poetas bolivianos; de ahí que tiene pocos lectores que alcancen el nivel que demanda la lectura de sus versos; además, sus obras tampoco son fáciles de conseguir. Plural Editores reeditó casi toda la producción de Ricardo Jaimes Freyre, Jaime Sáenz, Yolanda Bedregal y Oscar Cerruto; con Tamayo, al parecer no encontró una animación negociable. Sólo la Editorial “Juventud” de La Paz se aventuró a sacar algunas de sus obras, en reediciones populares, que pasaron inadvertidas por los críticos. Si nos preguntamos: ¿Quiénes lo leen? o ¿Cómo lo leen? Nos quedamos sin respuestas. Ni siquiera su Creación de la Pedagogía Nacional ha servido –no siempre como pilar para una reforma poco asimilada–, como inspiración a los educadores bolivianos, teniendo en cuenta que con la visión de Tamayo había mucho para proyectar. El hombre boliviano que sale de las aulas, carece de la energía creadora que Tamayo propuso en 1910.

Volviendo a su obra poética, encontramos ésta que emerge no sólo como la  del creador que hace “alarde” de un léxico que, como dice Eduardo Mitre: “bien puede despertar nuestra curiosidad intelectual o filológica sin tocar empero nuestra sensibilidad”. Es extraño que este juicio venga de un poeta caracterizado por su sensibilidad en el manejo de la lengua española. La palabra no sólo es un vocablo que puede no estar en un diccionario, por ser neologismo; tampoco pienso que a todos nos suene como algo que está: “cada vez más lejos de lograr una carta de identidad en el lenguaje literario y aún más en lo cotidiano”. La identidad literaria de Tamayo en única e indiscutible. No debemos confundir espacios, como lo hace Mitre. Muchos, como Alberto Bailey Gutiérrez o el mismo Jaime Saénz, que lo considera uno de sus dioses, sentimos por los versos de Tamayo una admiración sin reservas. Pues, como: Jaimes Freyre, Pinto, Reynolds y el mismo Cerruto, que es de otra tendencia, conciben la poesía como un todo armónico desde el cuerpo de la palabra, que es sonoro, al contenido. Tamayo tenía tal caudal de sentimientos que, a la hora de componer, las palabras del entorno (cotidianas, para Mitre) le eran insuficientes; entonces, acudía a su dominio de otras lenguas para satisfacer sus exigencias. Es extraño que no lo sintiera de esa manera un poeta tan exquisito como Mitre.

Solitario, con pocos amigos, recluido en su hacienda de Yaurichambi, se dedicó a lo que más amaba: la creación literaria. Con el correr del tiempo, esa hacienda –que debería ser declarado monumento de la cultura nacional– fue saqueada y expropiada por los campesinos sin tierra. Tamayo, tiene un singular recorrido en la poesía boliviana; desde muy  joven, leyó a los románticos franceses y alemanes en su propia lengua. De ahí que, luego de publicar sus Odas (1898), haría lo mismo con los poetas griegos y latinos. En ellos descubrió que al genio creador no le bastaba su talento, sino también su lengua originaria; que el griego clásico era por demás suficiente para la palabra bella, y no así el latín que, según descubre, estaba lejos de “la majestad natural de la lengua griega” (Horacio y el arte lírico). Y con Horacio aprendió lo que había que hacer para evitar “las durezas y monotonías analógicas” de esa lengua. Muy pocos poetas, en la lírica boliviana, comparan, como lo hace Tamayo con las sensaciones y emociones  expresadas con imágenes vivas y musicales. Con Horacio se pregunta: “¿Cómo introducir la variedad fonética en el discurso? ¿Cómo picar de otra manera el gusto que se fatiga pronto ante la sucesión de formas limitadas y pobres?” (Op. cit.) Y así Tamayo descubrió la fortaleza creadora del hiperbatón, tal como lo había hecho en su tiempo Horacio. La otra fuente de su poesía se consolidó con el culteranismo, concretamente en lírica oscura de Luis de Góngora y Argote. Ambos conocían las bondades de la lengua castellana y el heperbatón. Gustavo Adolfo Bécquer lo manejó con destreza en el periodo romántico, y así lo apreciamos en el siguiente verso: “Volverán las oscuras golondrinas de tu balcón sus nidos a colgar”. El orden sintáctico se hace correcto, pero inexpresivo, si decimos: “Las golondrinas oscuras volverán a colgar sus nidos de tu balcón”. En tal sentido, guiados por esas coordenadas, Franz Tamayo se constituye en uno de los pocos creadores que dota a la lengua hispana de un singular esplendor. En él el verso expresa sensaciones inauditas, haciéndose transparentes en la musicalidad con que se articulan las palabras; es lo que también hacía Ricardo Jaimes Freyre, pero con otras motivaciones mitológicas. En ambos poetas el hiperbatón se hace esencia artística; suprema fuente de inspiración para enaltecer sus temas. En “Los charcas”, Jaimes Freyre dice:

“El golpe centellante del castellano acero

extinguió en la cruz blanca su resplandor mortal.

y como un nido de águilas alzó el aventurero

la ciudad del reposos, hidalga y conventual”.

En Tamayo el hiperbatón cobra un renovado impulso; sus trasposiciones obedecen a la vehemencia de las situaciones que enfrenta en el entramado de las imágenes que le fluyen, en variada métrica, enaltecidas con yambos y troqueos de cuño helénico. Son tantos los momentos que nos brinda su talento creador, que no sabemos qué elegir; veamos el siguiente fragmento, extraído de uno de sus poemas más conocidos: “Balada de Claribel”:

“Cantaba en el aire un ave, “Claribel”.

Suave cual la suave

Claribel.

Y unía el plumado clave

Dulce risa y lloro grave:

Claribel!”

La Prometheida es una cantera inagotable, sobre todo en las combinaciones de endecasílabos con hexasílabos, donde la aliteración es constante. Veamos el siguiente pasaje entre el coro y Psiquis:

“Piedad, piedad inagotablemente!

Piedad a mí, piedad a ti, oh Psiquis!

Ares el fuerte, el poderoso es ido!

Clarín, tropel, clangor! Adiós fantasmas

De imposibles batallas sembradoras!

Cobres occidentales, sistros graves!

Trompas solemnes, épicos clarines!

Tañed la mi tristeza con el timbre

De las fúnebres marchas imperiales!

Psiquis

“Dolor, dolor, dolor!

¿Conoces el dogal

Que anuda las gargantas

Que se dicen adiós?

Y el silencio sin lágrimas

Con que se entierra un sueño

Muerto en el corazón?

Tremor de despedidas,

Verano que se parte,

Valle que muere ya!

Mustias sombras errantes

De las melancolías;

Funerales tambores

De los otoños pálidos!

Crepúsculos supremos!

Tristeza de tristezas!

Decidme la congoja

De un sueño que se entierra

Muerto en el corazón!”

Tal la poética de un genio de la palabra.

Tamayo no sólo es un poeta difícil, también era un hombre difícil. Y eso lo advertimos en la semblanza biográfica que le dedica Fernando Diez de Medina y los resultados que le cayeron con un “para siempre”. Tamayo era exigente consigo mismo y con los de su entorno. La vida fue dura con él, no sólo por los avatares  que sobrellevó en su hogar y en la política.

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