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Pablo Subieta Dávalos (1844-1884)

Escritores del Siglo XIX


Su nombre nos llega a fines del siglo XX, a través de dos estudios que erraban entre periódicos y revistas, que el azar los puso a nuestro alcance, gracias a la acuciosidad de Edgar Oblitas Fernández y Mario Araujo Subieta. Este último,  además, encontró algunos de sus artículos en medio de unos papeles viejos de su abuelo materno. El primer estudio en sí es una “Introducción” a 23 artículos de Pablo Subieta, reunidos por Tomás O’Connor d’Arlach, que los publicó en Tarija en 1887, tres años después de su muerte; el segundo, forma parte de las remembranzas escritas por Pablo Lascano, que las publicó con el título de Siluetas Contemporáneas, en Buenos Aires, en 1889. Ambos autores destacan el innegable talento crítico de Pablo Subieta, lamentando su temprana desaparición. En la edición que logró publicar Mario Araujo Subieta, con Plural Editores en 2006, con el título de Caprichos Literarios, aparte de su estudio y el de O’Connor d’Arlach, también se halla, a modo de colofón, el de Edgar Oblitas Fernández.

¿Qué decir, luego de semejante hallazgo? Indudablemente nos encontramos frente al crítico boliviano más importante y completo del siglo XIX, sin desmerecer la obra de René Moreno y Vaca Guzmán. Pablo Subieta, además de ser un estilista, tenía una visión más amplia y universal que sus dos compatriotas. Todavía se sabe muy poco sobre su vida, tal vez porque la huella que marcaba estaba más ceñida a su obra que a su diario vivir, teniendo en cuenta que era un bohemio ilustrado, de admirable talento para asimilar sus lecturas. Pablo Lascano dice al respecto: “Parece inverosímil que las universidades bolivianas produzcan espíritus tan nutridos y profundamente literarios como el de Pablo Subieta, un bohemio en toda la extensión de la palabra, muerto hace dos años en un convento de Tarija, bajo la acción desastrosa del alcohol. Pobre Subieta, hasta en esto último tenía puntos de contacto con Edgar Allan Poe”. Su alusión a las “universidades bolivianas”, nos hace pensar que tenía formación académica, como también lo evidenciamos en algunos de sus escritos. Según nos revela Luis Subieta Sagárnaga, Pablo Subieta había nacido en la Villa Imperial de Potosí, el 29 de junio de 1844. Falleció en Tarija, el 18 de octubre de 1884,  seis meses después de retornar al país y fundar el periódico “El Pilcomayo”.

Como ocurrió con Santiago Vaca Guzmán y muchos otros escritores bolivianos de entonces, Pablo Subieta buscó refugio en la República Argentina, en la ciudad de Salta, huyendo de la dictadura de Melgarejo, en 1867. Se sabe que su hermano Eduardo Subieta Dávalos también era un escritor que alternaba con Pablo, con estudios históricos y literarios. Ambos se destacaban en el ámbito periodístico del sur de Bolivia y en la  Argentina. Pablo, además, se dedicó a la docencia, dictando la asignatura de Filosofía en el renombrado Colegio el Nacional de Salta. Según nos revela Walter Adet, en un libro sobre la historia de la cultura regional, Pablo Subieta y Ricardo José Bustamante se convirtieron en “figuras familiares” en las tertulias que se llevaban a cabo en la casa de los esposos Juan Fowlis y Micaela Calvimonte, donde también asistía Juana Manuela Gorriti. Ahí se comentaban las obras de Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo y el Martín Fierro (1872-78) de José Hernández. Precisamente Pablo Subieta es uno de los primeros en comentar las virtudes de esa epopeya gauchesca en el periódico “Las Provincias”, de Buenos Aires, en cinco ediciones desde el 6 al 23 de octubre, en 1881.

A propósito de esa obra, Pablo Subieta consideraba que la América Latina carecía de una literatura propia, porque según afirmaba: “Los poetas colombianos, peruanos, bolivianos, chilenos, argentinos y brasileños no reflejan ni un solo rasgo de su fisonomía característica, ni un paisaje de su escenario natural, ni un hecho de su historia, ni un incidente de su vida ordinaria.

“Podría citarse algún canto excepcional, desterrado de la high life de las letras, que, en el transcurso de los tiempos y el progreso de nuestra educación, encontrarían su asiento magistral en la corte aristocrática de las americanas, pero que hoy no basta para definir nuestro prototipo como ciencia, arte, política o religión”. En la tercera parte de su estudio, dice: “Cada época de la historia o región del globo tuvo redentores, profetas, revolucionarios, que se sirvieron de la letra para consumar sus grandes propósitos; las obras de ese genio son las verdaderas obras clásicas de la Literatura”. Luego concluye con la siguiente afirmación: “Si Italia tiene su Divina Comedia, España El Quijote y Alemania Fausto, la República Argentina tiene su Martín Fierro”.

Cuando habla de la “Literatura Boliviana”, en un artículo dedicado a Santiago Vaca Guzmán, también publicado en “Las Provincias” de Buenos Ares. El 14 de mayo de 1881, comienza con una reflexión filosófica, afirmando que: “La palabra es la fisonomía del pensamiento”.  Luego analiza los grandes momentos de la literatura universal, destacando la expresión original de la literatura de los países más desarrollados culturalmente, para concluir con el siguiente razonamiento: “Bolivia no tiene aún literatura propia, ni drama, ni novela, ni historia, porque en el pecho de sus hijos no hay bastante americanismo, porque no amamos nuestro origen ni estamos orgullosos de nuestras glorias, ni siquiera instruidos en nuestra historia; despreciamos la raza aborigen y sus costumbres, excusamos hablar y entender su bellísima lengua, apartamos la memoria de la cuna de nuestra vida social y no tenemos en los labios sino maldiciones para nuestros progenitores españoles”. Consecuentemente, su artículo “Apuntes sobre la cultura quichua”, que también salió en el periódico “Las Provincias”, en cuatro ediciones del 8 al 21 de agosto de 1881, nos esboza una visión reveladora para su tiempo, por cuanto se refiere al germen de nuestra esencia cultural, con miras a proponer una identidad literaria que recién sería percibida un siglo después, con los estudios y las obras creativas de Jesús Lara, esencialmente.

No lo sabía, pero intuía que la raza quechua no era estéril culturalmente, como pensaba Ignacio Prudencio Bustillo que hacía 1928, en su estudio sobre “Literatura Boliviana”, afirma contundentemente: “De las razas que forman la población nacional, sólo la blanca posee genio artístico”, para concluir con: “el indio no es poeta, ni músico, ni pintor por idiosincrasia”. Sentencia que influiría en el pensamiento de innumerables investigadores de la literatura boliviana, a lo largo del siglo XX.

Pablo Subieta dice en la tercera parte de su estudio: “La raza indígena, plenamente arrullada por la naturaleza, era inclinada al arte”, como cualquier lector lo puede evidenciar en el primer volumen de esta Nueva Historia de la Literatura Boliviana. Finalmente, Pablo Subieta dice: “El genio musical es ingénito en el indio”, intuyendo la presencia de una cantautora quechua-aimara, como Luzmila Carpio, que desde la década del 70 del siglo XX,  deslumbra a su auditorio europeo con sus recitales musicales. Como reside en París, el presidente indígena Evo Morales Ayma, la nombró embajadora de Bolivia en Francia. En pintura, los cuadros de Mamani Mamani, pintor quechua, se exponen en las principales galerías de arte de Europa, Asia y América.

Como pocos intelectuales de su talla y de su tiempo, Pablo Subieta hablaba la lengua quechua y apreciaba los alcances de su cultura. Al comenzar sus “Apuntes” dice de los quechuas: “Esa raza extraordinaria de hombres, argumento propuesto al Génesis y a otras hipótesis antropológicas, tenía en su civilización autóctona astronomía, matemáticas, política, religión, administración económica, medicina científica, poesía, escultura, pintura y sistemas de lectura y escritura”. Le bastaba observar sus costumbres para tener la certeza de su arte. No sabía que el peruanista Gabino Pacheco Zegarra había publicado una versión quechua antigua del célebre drama incaico Ollantay.

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